«Hasta que uno se compromete, hay vacilación, la posibilidad de volverse atrás, y siempre ineficacia. Concerniente a todos los actos de iniciativa y creación existe una verdad elemental, cuya ignorancia mata innumerables ideas y espléndidos planes: que en el momento que uno se compromete definitivamente, también la Providencia se moviliza. Acuden en nuestra ayuda todo tipo de ayuda que de otra manera nunca hubieran ocurrido. Una corriente de sucesos fluye de la decisión, haciendo surgir a nuestro favor todo tipo de nuevas situaciones, encuentros y ayudas materiales que nadie hubiera soñado que llegarían. Todo lo que puedas hacer o sueñes hacer, comiénzalo. La audacia conlleva en sí misma el genio, el poder y la magia. ¡Empieza ya!»
Johann Wolfgang von Goethe

En 1977 llegaron a Cañicosa cuatro mujeres en búsqueda espiritual: Amelia, Hermelinda, Inés y Leonor, que pronto se enamoraron de este lugar. En la Navidad de 1982 surgió entre ellas la idea de fundar «una iniciativa con fundamento antroposófico y en la medida de lo posible autosuficiente. Queríamos que se pudieran dar cursos, acoger a personas que quisieran descansar y vivir en contacto con la naturaleza, hacer campamentos para niños…». Y así comenzaron, organizando un primer campamento en una casa cedida por un vecino.
Además de su vivienda, en 1984 compraron una vieja casa con patio y una cuadra en ruinas para destinarla a su deseado proyecto. Experimentaron entonces lo que muestra Goethe: «en el momento en que uno se compromete definitivamente, también la providencia se moviliza». Así fue: aparecieron personas que prestaron dinero sin intereses y pudieron acometer las obras de reforma de lo que pronto se llamaría “Casa San Martín”, inaugurada en noviembre de 1987, en honor del santo, que ya contaba con una ermita en Cañicosa a él dedicada.

La casa ya estaba en marcha. A continuación se abordó la reconstrucción de la cuadra en ruinas para destinarla a sala de actividades. «Empezó a funcionar el boca a boca y empezaron a venir personas a descansar unos días en contacto con la naturaleza. También se organizaron cursos de cocina y cereales, encuentros con jóvenes y adolescentes, euritmia, gimnasia Bothmer, danzas y trabajo en la huerta». El 29 de septiembre de 1990, fiesta de San Miguel Arcángel, se inauguró el esperado salón.
A partir de entonces se multiplicaron los cursos, talleres y estancias de grupos escolares de pedagogía Waldorf, que venían a visitar a artesanos de la zona y hacer prácticas de horticultura y topografía. Se hicieron periódicas las celebraciones de Adviento, Navidad, Pascua, Pentecostés, San Juan y San Martín, así como los campamentos estivales, con más de cien niños cada verano.

«De nuevo el espacio se quedó pequeño. Hubo que pensar en una nueva ampliación, comprando un prado en la calle Pozas donde se construyó una nave y se pudo tener huerta propia, gallinero y vaquería». Años después, unos amigos donaron el terreno colindante donde se construiría un garaje y una nueva vivienda para huéspedes, trabajadores, voluntarios y monitores de los campamentos.
Fueron años de trabajo abundante: cultivo de la huerta y confección de conservas, zumos y mermeladas, cuidado de las vacas y elaboración de productos lácteos, producción de pan e incluso de miel… más la acogida de grupos, cocina, limpieza, mantenimiento… Y aunque la mayor parte recayó en nuestras cuatro protagonistas, «todo este gran trabajo se hizo posible por muchísimas personas, amigos, conocidos, voluntarios y, en los últimos años, trabajadores asalariados». A ellos hay que añadir a los donantes y bienhechores.

«Y esta historia por ley de vida había de concluir, pues sus cuatro promotoras llegaron a una edad en la que las actividades sobrepasaban sus fuerzas físicas. Llegó el momento doloroso de ver cómo, cuándo y a quién dar el traspaso, con el temor de las cuatro a que esta iniciativa tomara un rumbo materialista y consumista. La iniciativa atraía a varias personas, pero nadie se decidía». En ese tiempo de espera la Providencia actuó una vez más haciendo llegar a Pili y José, que llevaban tiempo soñando con este lugar sin encontrarlo.
«Ya solo queda dar gracias infinitas al Mundo Divino y al humano, así como a toda la Naturaleza por tantos dones recibidos en la Casa San Martín y tantísimas personas con las que nos hemos encontrado y compartido».
