Luz por fuera y luz por dentro

En pleno solsticio de verano caemos en la cuenta de que el anterior boletín se titulaba “año de nieves” y daba cuenta del tiempo invernal de los primeros meses del año. Muchas cosas han pasado desde entonces en esta Tierra Habitada.

Como otros años, la primavera es nuestra temporada alta de tareas y actividades. El cambio de estación es también un cambio de ritmo que vivimos con agradecimiento y también algo de cansancio acumulado. Y, sobre todo, con la satisfacción de saber que estamos viviendo como hemos elegido y permitiendo que esta Tierra Habitada sea un lugar de convivencia, encuentro, descanso y paz.

Nuestro calendario “digital” (la “roda solilunar”, que vamos moviendo con el dedo) ha ido pasando de la oscuridad del invierno a la plenitud de la luz cenital. Pero no necesitamos fijarnos en el calendario de la pared. Vivir en Cañicosa supone experimentar muy de cerca el paso de las estaciones y los ritmos de la luz.

El sábado 20 de junio, bajo el tilo y el manzano, celebramos el solsticio de verano con una treintena de personas amigas. Contemplación, percepción, agradecimiento, expresión… todo en torno a la luz que recibimos de lo alto y la que nos atraviesa y reflejamos. “Luz por fuera y luz por dentro”. Es así: solo somos cauces de luz, reflejo de la luz que nos llega…

De la luz del sol sabe mucho la tierra. Y los alumnos de los colegios de pedagogía Waldorf que un año más han pasado por aquí. Uno de esos grupos agradecían así antes de cada comida:

“Gracias al sol radiante,
al agua de manantial,
al cielo y a las estrellas
y al trabajo de los hombres
las plantas germinarán.
Los seres de todo el mundo
alimento así tendrán.
Gracias, sol radiante,
agua de manantial,
tierra, luna, estrellas, hombres,
gracias por trabajar.
Deseamos que todas las personas del mundo
se puedan alimentar.”

Tras su estancia, uno de estos colegios, la Escuela Artabán, publicó una preciosa reseña en su web. Damos crédito de que, aunque lo parezca, nada está exagerado: La Tercera Clase en Cañicosa. Días de camino, oficios y convivencia:

“Para los alumnos de Artabán, estas salidas son mucho más que una excursión. Son experiencias de crecimiento. En ellas los niños y niñas pueden mostrarse de otra manera, descubrir nuevas capacidades, afrontar pequeños retos, convivir, ayudar, esperar, agradecer y sentirse parte de una comunidad.
Educar no es solo enseñar contenidos. Educar también es caminar juntos, recoger una mesa, esperar al compañero, escuchar una historia antes de dormir, observar un animal, trabajar el barro, tocar la madera, cantar en grupo y descubrir que cada uno tiene un lugar dentro del grupo.”

También seguimos acogiendo a voluntarios (nueve entre marzo y junio), compartiendo con ellos casa, trabajo y conversaciones. Enriqueciéndonos mutuamente con el intercambio de experiencias y con su aportación en las muchas tareas que siempre hay que hacer por aquí. Ya hemos superado la cincuentena de voluntarios desde que hace cuatro años comenzáramos a acogerlos.

Una de las tareas que nos mantiene últimamente ocupados con ilusión es la reforma de la cubierta de la antigua cuadra, donde Leonor e Inés cuidaban las vacas y las ordeñaban. Con el nuevo tejado de madera y teja al estilo local esperamos aprovechar mejor este espacio que hasta ahora servía de almacén.

Y con esto nos despedimos con la belleza de las flores del jardín: romero, salvia, caléndula, hipérico, cosmos, lilium, onagra y otras muchas flores alegran la vista y atraen a insectos polinizadores que tan necesarios son en la huerta.

Roda solilunar
Vigas de madera para la nueva cubierta
Un nuevo tejado para la antigua cuadra
Flores de salvia con mariposa
Lilium, hipérico y «rallitos de sol» del jardín

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